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Manga

El manga de acción revive la tradición wuxia que el cine dejó atrás

El éxito de 'Blades of the Guardians' en cines impulsa las ventas del cómic y reabre el debate sobre la herencia de las historias marciales.

Mariana García 10 de octubre de 2026

El arranque de 2026 dejó una imagen que en DonOtaku nos encanta ver: una adaptación cinematográfica empujando las ventas del material original. La película de acción real de Blades of the Guardians (Biao Ren) se convirtió en un éxito de taquilla en China y su manga homónimo volvió a colarse entre los libros más vendidos. La noticia no es solo comercial: reabre una conversación que llevamos años teniendo quienes seguimos el género marcial.

Durante décadas, las historias de espadachines errantes, sectas y jianghu dominaron la cultura popular china. Las novelas de Jin Yong, Gu Long y Liang Yusheng llenaron librerías y pantallas. Pero desde hace un tiempo, el pesimismo se instaló entre los críticos: las revistas especializadas cerraron, las editoriales dejaron de apostar por autores nuevos y en las plataformas digitales la etiqueta wuxia quedó arrinconada frente al xianxia, la fantasía urbana o el romance histórico.

La pregunta que lanzan desde China Youth Daily es directa: ¿de verdad murió la narrativa marcial o simplemente cambió de piel? Y la respuesta que esbozan resulta más interesante que cualquier lamento nostálgico.

El wuxia no desapareció: se transformó en fantasía

El análisis parte de una distinción poco conocida fuera de China. El académico Tang Zhesheng divide la novela marcial en dos ramas: la técnica, centrada en combates realistas y artes marciales verificables, y la fantástica, que desde Huanzhulouzhu hasta Huang Yi mezcla espadas con mitología, inmortalidad y viajes temporales.

La primera rama alcanzó su cima con Jin Yong. La segunda, en cambio, siguió evolucionando. Cuando las novelas de Jin Yong conquistaron el mercado chino continental en los años ochenta, Hong Kong ya estaba gestando su relevo: el cine de Tsui Hark con Zu: Warriors from the Magic Mountain (1983) y el manga Fung Wan, de Ma Wing-shing y Dan Qing, publicado entre 1989 y 2014. Ambas obras absorbieron influencias del cómic japonés y del cine occidental para actualizar los códigos del género.

Ese camino lo consolidó Huang Yi, el autor que en 1988 recibió un consejo demoledor de su editor: «nadie compra wuxia que no sea de Jin Yong o Gu Long». Su respuesta fue crear híbridos como Broken Void o A Step into the Past, donde la aventura histórica, la ciencia ficción y el cultivo espiritual conviven sin pedir permiso. De ahí nace el terreno fértil que hoy ocupan las novelas web de xianxia y xuanhuan.

El poder sube, el héroe baja a la tierra

El artículo propone una fórmula elegante para entender el cambio: el «wu» (lo marcial) se elevó y el «xia» (el héroe) descendió. Los sistemas de poder pasaron de «bajo wu» a «alto wu», con escalas de cultivo, reinos divinos y batallas planetarias. Pero los protagonistas ya no son caballeros intachables: son personas comunes que buscan sobrevivir, progresar y proteger a los suyos.

El ejemplo más citado es La historia de un soldado, de Yang Pan, un fanfic publicado en 2000 a partir de un capítulo de The Return of the Condor Heroes. Narra la vida de un guardia anónimo que admira a los grandes héroes, cumple con su deber y termina abandonado por aquellos a quienes idolatraba. La empatía se desplaza del espadachín legendario al peatón que limpia la muralla.

Ese movimiento explica por qué tantos protagonistas actuales se llaman «Supremo» o «Emperador Inmortal» y, aun así, nos resultan cercanos. No buscan la gloria: buscan dignidad. En su camino hacia la ascensión defienden clanes, ciudades o civilizaciones enteras. La narrativa del «gran héroe» no se rompió; se contó desde abajo.

Lo que el manga y el anime pueden aprender

El texto cierra con dos lecciones que la obra de Jin Yong deja a los creadores actuales, y que aplican igual al manga, al manhua y al anime de fantasía. La primera: la violencia sin emoción no sostiene una historia. Los sistemas de niveles, las estadísticas y los combates espectaculares funcionan solo si detrás hay vínculos reales entre personajes. Jin Yong también cometía errores de continuidad en sus serializaciones, pero nadie los notaba porque el lector estaba atrapado por la lealtad, el sacrificio y el amor entre sus héroes.

La segunda: el individualismo extremo vacía el género. Si el único objetivo del protagonista es volverse más fuerte, la historia pierde anclaje social. Las obras que trascienden —y aquí pensamos en tantos shōnen de acción que amamos— son las que equilibran el crecimiento personal con una causa colectiva.

El caso de Blades of the Guardians demuestra que el público sigue hambriento de espadas, honor y caminos polvorientos. Solo que ahora los héroes pueden ser mercenarios cínicos, guerreros malditos o cultivadores fracasados. La tradición marcial no está en un museo: está mutando, y nos toca seguirle el ritmo.

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